Entumecido

Mientras me estaba sentando en una banca en el parque para descansar un poco después de una larga caminata, noté a un amable señor ya sentado en ella, así que le saludé con un típico: “buenos días” y deje que mi cuerpo cayera fuertemente sobre el asiento.

El hombre alegremente respondió a mi saludo y me preguntó si yo había tenido un buen paseo. Sin prestar mucha atención le respondí que había estado bien pero muy largo, que estaba agotado pero feliz.

Me dijo que se sentía feliz de que las rosas estaban empezando a florecer y que el olor de la tierra mojada y del pasto recién cortado le hacían su día.

En realidad no había notado las nuevas rosas y hasta ese mismo momento los montones de pasto recortado cerca del camino habían pasado desapercibidos para mí. Me sentí un poco avergonzado por mi falta de atención.

Comentó sobre el maravilloso clima que teníamos ese día, pero me dijo que estaba seguro que la lluvia aparecería en los próximos días. Cada comentario que hacía me mostraba la intensidad con que disfrutaba la vida en general. Él ponía mucha atención a pequeños detalles que, francamente se habían escapado de mi atención,  lo que me hizo darme cuenta de la cantidad de cosas que estaba perdiendo a mí alrededor. Luego comentó lo feliz que estaba por la banda que ofreció un concierto en el parque el día anterior, me disculpé porque yo no había estado allí ese día y en ese mismo momento me di cuenta de que el hombre era ciego.

Tenía uno de esos bastones plegables a su lado, sus gafas oscuras escondían sus ojos y hasta que realmente puse atención a su apariencia física me di cuenta de que era ciego.

Él notó entonces que apenas me había dado cuenta de su ceguera y sonriendo me dijo: “El hecho de que no tengo ninguna luz en mis ojos no significa que falte en mi corazón”. Me quedé en silencio sin saber qué decir.

Él se rio en voz alta y se excusó porque tenía que ir con unos amigos a la cantina porque a todos les encantaba el rugby y especialmente el comentar al respecto después del partido.

Me quedé allí sentado por un tiempo, sorprendido del sentido de “conciencia” real de ese hombre. Sin poder ver, él era mucho más consciente de las cosas que nos rodean que yo. La mayoría de las cosas que el mencionó yo no les había prestado atención. Los olores, los sonidos, las texturas y el clima eran cosas que ya no causaban una “impresión” en mi mente consciente. Él disfrutaba el mundo más que yo.

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