No eres tú…

Tú has hecho tu mejor esfuerzo para ser amable, generoso, afable y comprensivo con los demás. Te consideras la clase de persona tranquila, relajada y de fácil comunicación. Trabajas en tu ser interno constantemente y tomas el cuidado adecuado de tu propio cuerpo, tanto como te es posible.

Sin embargo, las personas a quien más quieres, se la pasan malinterpretando tus palabras, intenciones y acciones.

¿Qué, pues, estás haciendo mal?

Probablemente nada. Por lo menos no estás haciendo las cosas mal a propósito. Tal vez el único problema que estás causándote a ti mismo, es el preocuparte demasiado por lo que otros piensan de ti.

Tú no tienes ninguna necesidad de preocuparte demasiado por la opinión de los demás. Mientras estés satisfecho con lo que estás haciendo, con la forma en que estás viviendo tu vida, al alcanzar tus objetivos y si no estás haciendo daño a nadie en el proceso, es casi seguro que no estás haciendo nada mal.

Por lo general, juzgamos a los demás con la misma lente con la que nos vemos a nosotros mismos. Esperamos que ellos sepan lo que nosotros sabemos, que ellos entiendan las cosas como nosotros las entendemos y vivan su vida de la misma forma en que vivimos la propia.

Allí es cuando nos damos cuenta de que estamos haciendo lo mismo con ellos. No podemos entender por qué están malinterpretando nuestras palabras, intenciones y acciones, si para nosotros, todo lo que hacemos o decimos es “claro como el cristal”.

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