El santuario

Me llevó medio día llegar a la cima de esa montaña, un pequeño santuario budista que estaba en medio de la nada.

El monje a cargo de ese pequeño lugar me sonrió tan pronto como llegué a la entrada y me invitó a sentarme a su lado en un banco de madera junto a la puerta principal.

Yo estaba agotado y desaliñado después de la larga subida. Él se veía radiante y feliz. Le dije sobre mi gran aventura de “alpinismo” como si fuera una odisea que sólo se vive una vez en la vida. Él calmadamente me dijo que va a la ciudad dos veces al día, por lo que hace esa “odisea” cuatro veces al día.

Permanecí en silencio durante un rato. Continúe leyendo